viernes, 7 de marzo de 2014

¿QUIÉN ME ENSEÑÓ A LEER Y A ESCRIBIR?

A raíz de la muerte de Anna María Moix, he sabido que ella siempre le preguntaba a las personas que le interesaban quién les había enseñado a leer y escribir. Realmente es una pregunta importante y, sin embargo, hasta ahora nunca le había prestado la mínima atención. ¿Quién me enseñó a leer y a escribir a mí? ¿Quién me dio la llave que abre la puerta de tantos misterios, tantas alegrías, del disfrute, del aprendizaje, de la reflexión? Alguien importantísimo en mi vida, alguien a quien debería tener en un pedestal…. Pues, a pesar de eso, no tengo ni la más absoluta idea de quién fue. No lo sé, y ahora me da vergüenza que sea así, y me parece increíble que no haya dejado la más mínima huella en mi cerebro. ¿Cómo es posible? No fueron ni mi padre ni mi madre. Ellos alimentaron luego mis lecturas, eso sí. Pero no, no me enseñaron a leer y a escribir. Sin duda, fue una maestra. Pero ¿quién? ¿Cuál era su nombre? ¿Cuál su rostro? Ahora, tantos años después y gracias a esa pregunta de Anna María Moix que se ha incrustado en mi corazón, sé que voy a estarle eternamente agradecida a esa maestra. Debo estárselo, ¡cómo no! Sin embargo, pensándolo bien, esta falta de memoria mía quizá tenga una explicación lógica que me exculpe, que pueda perdonar mi aparente ingratitud. ¿Aprender a leer y a escribir fue algo tan natural como aprender a hablar o a comer? ¿Por eso no ha dejado ningún poso, ningún recuerdo vago que me permita evocar tiempo después? Será eso, sí; por lo menos, eso quiero creer. Algo que creció conmigo, que se hizo presente con discreción, sin alharacas. Esa mujer –porque intuyo que fue una mujer- grabó la escritura y la lectura en mí jugando, con alegría, sin dolor. Sí, eso tuvo que ser. Ambas se metieron en mí como lo hizo el mar, que tampoco he sabido nunca cuando vi por vez primera. Y sería tan bonito poder decir ahora “la primera vez que vi el mar…”, “la primera vez que descubrí palabras tras aquellos extraños signos…”. Pero no, no voy a mentir: no sé quién fue la persona que me concedió la herramienta clave de mi vida. Lo siento y le doy las gracias con muchos años de retraso. Si pudiera dar marcha atrás, prometo que prestaría mucho más atención.

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